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domingo, 30 de julio de 2017

LIBERTAD, SIN IRA



LIBERTAD, SIN IRA

Esta mañana, escuchando la sección “Canciones Prohibidas” de RNE, nos recordaron la famosa “Libertad sin ira”, de Jarcha. Su estribillo martilleó mis oídos infantiles en la segunda mitad de los setenta (creo recordar que TVE repetía el clip de continuo a partir de cierto momento), pero hoy me emocioné al escucharla tras muchos años de olvido. El tono sereno pero reivindicativo del solista masculino se combina a la perfección con el contrapunto del coro femenino (“Pero yo solo he visto gente…”) para lograr con eficacia el mensaje de apertura: “Porque hay libertad, sin ira, libertad. / Y si no la hay, sin duda la habrá”

Precisamente en estos días conmemoramos los cuarenta años desde las primeras elecciones libres tras la dictadura, y al hilo de la que fue “canción prohibida” (aunque luego privilegiada), cabría preguntarnos: tras cuatro décadas de costosa democracia, ¿se cumplió este deseo esperanzado? ¿Hay libertad ya en España?

Me permito sugerir unas pocas preguntas del test (son ampliables):
a) ¿Puede un honrado comerciante poner libremente un letrero en castellano en el escaparate de su tienda si vive en Cataluña?
b) ¿Puedo circular por los barrios de San Sebastián (o Donostia, tú) con la bandera de mi país en mi vehículo?
c) ¿Puede un médico negarse a destruir un embrión humano porque piensa que ya es una vida que late?
d) ¿Puede un profesor/ historiador conjeturar en público que, en su humilde y equivocada opinión, otro desenlace de nuestra guerra civil también habría acarreado una dictadura, acaso aún peor?
e) ¿Puede circular por nuestras ciudades un autobús que afirme la atrocidad de que los niños tienen pene y las niñas no?

Por supuesto, siempre se puede decir que en mi casa, con las ventanas cerradas y las persianas bajadas, puedo opinar lo que quiera. Pero eso siempre se ha podido hacer en las peores dictaduras. Eso no es libertad. La libertad tiene que ver con la aceptación externa de la pluralidad, y la pluralidad respeta opiniones o posicionamientos que pueden parecer equivocados, o distintos de los que admite la (maleable) opinión pública de cada época.
          En fin, si acaso alguien pensara que los tiempos no cambian tanto, que lo que cambian son los colores, siempre se puede consolar apelando al futurible de la canción de Jarcha:
          “Y si no la hay, sin duda la habrá”.

          (Qué tengáis buen agosto. Nos leemos a la vuelta)

domingo, 23 de julio de 2017

Relatos con causa

Hace unos días se ha presentado en Santander y en Gijón el volumen de historias breves Relatos con causa, en el que participo con un microcuento denominado "Historia caducada". Comparto páginas con autores como Félix de Azúa, Luis Landero, Rosa Regás, Ávaro Pombo, Carmen Posadas, Julia Navarro, Luis del Olmo o Enrique Álvarez.

Lo publica la editorial Bruño (Salvat), y los beneficios de las ventas estarán destinados a la causa de la Asociación Española del Síndrome de Brett.


sábado, 15 de julio de 2017

CHARLA SOBRE WAUGH EN LA CASA GERALD BRENAN (MÁLAGA)

El pasado viernes 23 de junio me desplacé a Málaga para impartir una charla como invitado en el centro cultural Casa Gerald Brenan. La charla se titulaba "De Oxford a Brideshead: Regreso a Evelyn Waugh", y trataba de los hechos en la biografía del autor que, en mi opinión, fueron más determinantes para la inspiración de la novela. Me alegró disertar de nuevo sobre mi viejo amigo, al que últimamente tengo un poco abandonado.




Previamente visualizamos el primer episodio de la mítica adaptación de Retorno a Brideshead de Granada TV en 1981, con Jeremy Irons en el papel de Charles. Volví a ser consciente de la gran distancia que separa esta serie de la última versión cinematográfica de Julian Jarrold (2008). Hace un tiempo escribí un comentario para Fábula, que se puede descargar pinchando AQUÍ.

Evocación del Oxford de los dorados (o locos) años 20, novela católica, panegírico de las casas de campo inglesas, novela de personajes, icono gay, novela de posguerra... Bajo diversas categorías --no excluyentes, claro-- esta obra de 1945 sigue tocando fibra a infinidad de lectores, sean neófitos o reincidentes, que encuentran nuevas sugerencias en cada enésima lectura. Ojala pudiera yo también escribir Retorno a Brideshead. Es decir, traducirla al castellano. Sin duda, la traducción actual se puede mejorar.

domingo, 18 de junio de 2017

Cillero y el éxito del escritor

El viernes 16 de junio desde ARLEA organizamos, junto a la UR, IER y Ediciones 4 de agosto, un homenaje póstumo a Antonio Cillero Ulecia, en el centenario de su nacimiento. Cillero (1917-2007)fue un escritor prolífico, en su tiempo aclamado como el "decano de las letras riojanas". En 2005 participó en el número especial de Fábula antología de narrativa en La Rioja. Con ocasión de su fallecimiento escribí lo que sigue como editorial del número 22 de la revista, y el pasado viernes lo volví a leer ante el público congregado para el homenaje.




EL ÉXITO DEL ESCRITOR

En enero de 2007 nos dejó Antonio Cillero Ulecia a la edad de ochenta y nueve años. Considerado por muchos el decano de las letras riojanas, Cillero Ulecia tuvo la amabilidad de colaborar con nuestra revista en el número especial 17-19 (2005), dedicado a la narrativa en La Rioja. Autor de una extensísima obra poética, narrativa y dramática, quedó finalista de premios prestigiosos como el Alfaguara (1972), Nadal (1975) o Lope de Vega (1969). Con todo, un estribillo constante en el puñado de entrevistas o artículos periodísticos dedicados a su persona y obra es la abrumadora conciencia de no haber sido nunca reconocido como se merecía. “He quedado finalista del Nadal y no me conoce ni Dios”, declaró a la prensa en una ocasión. La expresión de tal conciencia de fracaso puede inicialmente provocarnos cierta lástima ante lo que podría considerarse una injusticia patente: una larga carrera cuajada de méritos que culmina en el olvido.

Pero sólo inicialmente. Después de reflexionar sobre esta supuesta desventura quizá sea posible dar la vuelta al argumento, aplicable al común de los (muchos) escritores que no han sido ni serán favorecidos por la sonrisa del corte inglés.

Si entendemos la vocación de escritor como sinónimo de artista del lenguaje, ¿qué supone alcanzar el éxito? ¿Hacerse rico con las ventas? Desde el siglo XVIII, en que el mecenazgo pasó a sustituirse por el marketing, el éxito editorial depende de muchos factores que tienen más que ver con la estrategia comercial que con el arte. Y en nuestro siglo XXI tal deriva se ha exacerbado en grado sumo. A menudo se oye que si hoy Cervantes mandara el centerariado Quijote a un agente literario o editorial, no tendría la menor probabilidad de publicarse. Conozco a más de un escritor cuya obra ha sido rechazada por ser, literalmente,  “demasiado cervantina”. Seguro que al presunto escritor/inversor le compensaría más montar una inmobiliaria.

Entonces, si no es el dinero, ¿será la fama lo que busca el escritor? ¿Ser conocido? Esto hoy en día es sinónimo de ser elemento de aparición habitual y recurrente en los medios. Pero…¿me interesará mucho lo que pueda aportar un escribiente aquejado de afán de notoriedad? Hay auténticos profesionales de la aparición mediática, como los políticos, para quienes las fotos diarias son parte no pequeña de sus obligaciones laborales. Algunos escritores encumbrados dedican un porcentaje de su jornada a mostrarse en cuantos foros sea posible, opinando sobre lo divino y lo humano como si fueran el especialista que no son. También en las órbitas locales hay maestros del posado periodístico y del nombre propio, conscientes de que su única fama accesible es la de profeta en su tierra. De todos modos, para lograr la fama tampoco hace falta someterse al doloroso proceso de escribir un libro. Lo puede atestiguar cualquier habitual de la prensa o televisión basuras.

Por el contrario, el éxito del escritor, del artista de la palabra, está en escribir. En perfeccionar su arte, en acercarse a ese ideal utópico de dar con la palabra justa, en recrear ese momento efímero, ese sentimiento o esa historia rebelde que nos reclama ser liberada de la cárcel de la imaginación. Escribir, y confiar  en que tu obra llegue algún día, como buena semilla, a germinar en un terreno más fértil.

Decenas de miles de escritores que nunca saldréis reseñados en Babelia: buscad el éxito. Es decir, escribid. Terminad vuestra obra. Y que sean otros los que os descubran.


Y a ti, Antonio, te recordamos, te reconocemos. El tiempo dirá qué lugar ocupas en el parnaso, pero tu obra está acabada. Enhorabuena. Y ya hasta Dios te conoce. O mejor, ahora hasta conoces a Dios. Descansa en paz.

domingo, 11 de junio de 2017

La Fábula del oasis literario

Reproduzco el artículo que salió en el diario La Rioja el pasado domingo 4 de junio. Incluyo copias (no muy buenas) de las dos páginas para que se aprecie la disposición de las portadas. 

Para leer más claramente el texto de Jonás Saiz, remito a este enlace. Respecto al mío, en fin..., ya me tenéis muy visto, ¿no?



viernes, 2 de junio de 2017

"Mármol", de Beatriz de Silva



EDITORIAL: Arte Activo Ediciones
LUGAR Y FECHA: Vitoria, 2017
PÁGINAS: 80

MADUREZ DE JUVENTUD

Al docente peinador de canas que esto suscribe no deja de emocionarle el hallazgo de un poemario escrito –como reza la contraportada– por “alguien cuando tenía diecisiete y dieciocho años”. En este momento Beatriz de Silva aún no ha entrado en la veintena, y ya es capaz de ofrecer al mundo este libro elegante y profundo, con una notable sabiduría lírica y muchas promesas de futuro.
          Este Mármol, acaso inspirado en el ámbito escultórico, no es frío ni duro, pero sí un tanto oscuro, como la mayoría de los poemas que contiene. De temática variada, sus versos revelan un mundo interior rico y una extraordinaria madurez de juventud, si bien la autora opta por no confesarse abiertamente. Con sus “extrañas maneras / (desviadas y desvaídas)/ con las que diluyo lo que quiero decir”, Silva aporta evocaciones, alegorías y recreaciones poéticas de sus emociones, pero siempre (o casi) manteniendo una especie de coraza de palabras que salvaguarda su intimidad personal. No es fácil reconstruir una biografía o el germen de una experiencia a partir de estos poemas, así que el lector debe contentarse con conjeturar sobre el contexto que subyace y saborear el potencial evocador que transmiten, abstraído de la anécdota que haya podido provocarlo.
          El libro se estructura en torno a cuatro elementos de la naturaleza: tierra, aire, agua y fuego, que abarcan respectivamente lo cotidiano, lo afectivo, el espíritu y el dolor. A través de estas cuatro secciones, Silva poetiza, entre otros temas, sobre el camino para construir su propia identidad y escoger su destino (“Antes vivía, pero ahora sé que existo”, “Visto lo aprendido”), sobre las emociones contradictorias (“En medio de una burbuja”, “Quédate”), sobre las ambivalencias de la alegría (“Tierra”, “La risa”), sobre la frivolidad, acaso sintomática de muchos coetáneos (“Hasta que el cuerpo aguante”), sobre el crecimiento interior (“Agua”, “Fuego”), el paso del tiempo (“Una vez aprendí”), el poder redentor de la poesía (“Recitaré un poema”), o incluso entabla un diálogo con el “querido Tú”.

          Ciertamente, este primer libro no es impecable, ni acaso lo debiera ser. La ausencia deliberada de puntuación y la abundancia de encabalgamientos  favorecen cierta ambigüedad sintáctica que añade oscuridad al sentido del poema, y también hay “versos sueltos” que, según este reseñador, podrían retocarse. En general, pienso que Beatriz de Silva destaca en el poema corto, epigramático, como “Tierra”, o “Errante” (“Errante es el que pasa del silencio / a la palabra / de la contemplación / a la pasión / y del sueño / a la vida”), que le permite mantener una mayor consistencia tonal. Pero no cabe duda de que este primer libro supera con creces las expectativas que podría plantear la juventud de su autora, y de que revela una sintonía poética que, podemos profetizar, presagia grandes logros en un futuro no demasiado lejano.

domingo, 28 de mayo de 2017

ELEGÍA FRUTAL


Un buen día surgió en el barrio el comercio que yo necesitaba: una frutería que permanecía abierta hasta las diez de la noche y no cerraba a mediodía. La regentaba un marroquí de media edad cuyo bigote me resultaba familiar de otra tienda, en otra calle, pero ahora lo adornaba una sonrisa refulgente en vez de la antigua mueca de subordinado. Mi hora habitual era el anochecer, cuando todo lo demás había cerrado, y en la tercera o cuarta visita me empezó a reconocer como parroquiano.
          Pronto empezó a tener conmigo detalles de fidelización, como regalarme una rama de perejil, o una manzanita amorfa y dura si mi hija, que regresaba conmigo del conservatorio, se detenía a contemplar el stand de pink ladies con avidez.
          –Que se la cheve la niña, si se quiere –exclamaba sin dejar de sonreír.
          Tanta solicitud me animó un día a interesarme por su nombre. Tardó unos segundos, pero al final me reveló que se llamaba Mustafá. A partir de ese día lo saludaba como tal, y él miraba al suelo y sonreía.
          Mustafá era muy torpe con las vueltas. A veces se armaba un lío con las restas más sencillas, y yo lo atribuía a la dificultad innata para realizar operaciones matemáticas en un idioma no materno. Unas veces me perdonaba los céntimos, otras me cobraba de más, y en estos casos yo optaba por corregirle o no, según fuera mi humor al final de la jornada.
          Un anochecer entré en la frutería y no vi a Mustafá. En su lugar había un chico que no llegaría a los dieciocho, moreno de tez, que se entretenía con telefilmes de acción ante una minipantalla junto a la caja registradora. Será el hijo, pensé, atribuyendo a Mustafá una enfermedad leve. Pero pasó el tiempo y el chico se convirtió en el tendero habitual. Como aún hacía frío afuera, pronto me di cuenta de que prefería que yo mismo seleccionase la fruta del escaparate exterior, para conservar el calorcito del rincón.
          Pasado un mes pregunté por Mustafá. El chico se extrañó de mi pregunta, y se la acabó remitiendo a un par de piernas que sobresalían de un pelado sillón orejero semioculto en la trastienda. Resultaron pertenecer a otro compatriota, en quien no había reparado, y ambos se enzarzaron en una conversación ininteligible. El joven tendero volvió ante mí y de nuevo me hizo repetir la pregunta.
          –Solo quería saber qué ha sido de Mustafá. El dueño de la tienda, vamos…
          Tras más segundos de cavilación y de miradas al sillón orejero, respondió:
          –No se llama Mustafá. Su nombre es Abdulá.
          –Ah. Y… ¿qué es de él?
          –Se ha ido una semana. Vuelve pronto.
          –Ah…
          Pero pasaron tres o cuatro semanas, y Mustafá o Abdulá no volvía. El tendero adolescente llegó a tratarme con una cierta familiaridad, no exenta de suspicacia. Era mucho más exacto con los cambios que su antecesor, a pesar de las distracciones que le provocarían las películas de explosiones y mamporros, pero también me perdonaba los céntimos si andaba corto de calderilla.
          Por supuesto, Abdulá nunca volvió. Una noche bajé a comprar mis acostumbradas bolsas de naranjas y limones, y al sacar mis monedas vi que faltaban dos céntimos para completar el importe. Le comuniqué que, o bien me los perdonaba, o me tenía que dar cambio de veinte euros. Me miró con verdadero incomodo, tanto que rebusqué en mis bolsillos y hallé los dos céntimos de la discordia.
          –Estamos en paz. Hasta mañana –me despedí.
          Pero al día siguiente, cuando salí a trabajar, vi con sorpresa que la frutería no había abierto. Tampoco al atardecer. ¿Sería alguna vacación marroquí?, pensé. Pero no, no creo que esa fuera la causa. De hecho, así ha permanecido hasta hoy, aún con el rótulo flamante y expuestos los carteles con los precios de la mercancía, pero la rejilla bajada y algunas cajas vacías en el interior.
          Ya no tengo quien me venda fruta a las horas en que todos los demás han cerrado. Y a veces echo de menos esa rama de perejil destinada a la basura, o esa manzanita amorfa y dura que nadie querría. Y me resuena en los oídos un estribillo ya lejano:

          –Que se la cheve la niña, si se quiere.