SALUDOS, LECTORES...

Saludos, amigos, lectores y voyeurs, y bienvenidos a este blog.


Si quieres echar un vistazo a mis libros, haz clic aquí.

sábado, 25 de febrero de 2012

DOS POEMAS

Esta semana me apetece bajar dos poemas. No soy nada prolífico en poesía, no lo suficiente como para considerarme poeta, aunque siempre me ha parecido que hay algo de presunción en presentarse como tal. La poesía es un accidente que te sobreviene, no una forma de vida. Al menos, en mi caso.
En fin, ahí van.




POR LA PRESENTE, declaro que escribo:
ajeno a los concursos literarios,
a críticos amargos, a huecos en periódicos,
a amigos que me cobren sus favores,
a ir, lo que se dice, de poeta,
sin más testigos que este pobre flexo
y este humilde cuadernillo, adquirido
en bazar chino. Sí, escribo
sin más noción que el alma y el oído,
sin más negocio que el tragarme ausencias
tras treinta y nueve ciclos de cigüeñas;
y lo hago mal o bien, pero persigo
domesticar los cantos de sirenas
(o, si queréis, relinchos de luciérnagas
para ser fiel a viejos espejismos).
Fui iluso como tú, yo también quise
escapar del duro oficio de dar cuentas
en verso desmañado. Y huir del son
que vierte la tristeza en papel hueco
para así testificar “mira, he sufrido”.

En fin, hermano, Abel, mi semejante,
mi hipócrita lector, no hagas más ruido,
que quiero aquí fingir que sigo solo
y que es a mí a quien digo lo que digo.



EL GENIO DE LA TELE

Un buen día, le pasé el trapo de polvo
a una vieja tele amarillenta
arrumbada en el trastero,
y hete aquí
que ante mi sorpresa primigenia
se encendió sola, y apareció un genio.

“Alégrate, amiguito – exclamó–
que ahora se acabarán todas tus cuitas.
Espera a ver la suerte que te aguarda.
Tendrás amor, comfort, y un piso caro,
tu larga vida dará frutos plenos
de arte, inteligencia y de poesía.
Podrás vivir con alguien que te quiera
y nunca sufrirás desprecio ingrato
(aunque de todo hay, tú bien los sabes,
y has de aguantar la envidia del mediocre).
¿Salud? No tienes de qué preocuparte:
algún catarro suelto en el invierno,
y los achaques propios de los años.
Vigor mental, talante moderado,
dinero suficiente para vicios,
– mas no tanto que pierdas la cabeza.
¿Amigos? Unos pocos, pero buenos,
algunos hombros en los que apoyarte,
y paz, esa quietud tan relajada
de quien procura no meterse en líos.
No es tan mal panorama, te lo digo
muy en serio, mi buen amo. Quién pudiera.”

Y así, tras las gestiones pertinentes
para cumplir los fines prometidos,
el genio se ocultó.             Y ya no supe
por qué nunca podré llegar a héroe,
o a destacar en algo, o dar la vida
por causas que de veras lo merezcan.
O simplemente, si me apuras, ser honesto
en este mundo hastiado de desgana.


De Poeta en su tierra (2006)

domingo, 19 de febrero de 2012

SOBRE EL MARKETING DEL ESCRITOR

En 2011 conseguí que vieran la luz dos textos narrativos que llevaban algún tiempo en el cajón, con cinco meses de diferencia. Esta cercanía conlleva algunos problemas, pues una novela, si no se mueve, queda sepultada entre las centenares de obras que se publican cada semana. Hasta ahora he dedicado algunos débiles esfuerzos a promocionar "Mientras ella sea clara", y a partir de la fecha, más o menos, intentaré hacer lo propio con "Solo yo me salvo". He de admitir que me coge bastante más cansado, y que, por otra parte, mi disponibilidad de tiempo no ha mejorado. Con todo, creo que es parte de la responsabilidad del creador no abandonar a su criatura cuando aún está en la cuna.

Al plantearme esta tarea, me vuelvo a acordar de un texto que escribí para algún editorial no muy lejano de Fábula. Lo reproduzco aquí con algún leve retoque. No sospechaba entonces que acabaría sucumbiendo a Facebook (¿habéis oído la expresión "eres más falso que un amigo en Facebook"?).



Y ADEMÁS, PONER LA CAMA…


            Tras escuchar la brillante intervención del novelista Andrés Pascual en el Taller de Creación y Crítica organizado por los que sacamos Fábula, la cabeza me bulle. La disertación ha versado sobre el marketing del escritor; básicamente, sobre lo muchísimo que éste ha de buscarse la vida para impedir que su obra, fruto de continuos desvelos, acabe en el ominoso cajón, o peor, como pasto de los gusanos. Las cifras, no por conocidas, dejan de pasmarnos: 75.000 títulos publicados en España cada año, una media de 5.000 ejemplares de cada, igual a 375.000.000 ejemplares en circulación; de ellos, 275.000.000 se suelen quedar sin vender…
            Es decir, que después del enorme esfuerzo de varios años que ha de hacer el autor para concluir su libro, si por un mimo de la fortuna acaba logrando que un editor apueste por él, las probabilidades apuntan a que un 75 por ciento de los ejemplares acabarán en la trituradora. Desolador, ¿no?
            Para combatir un tanto la negrura de estas perspectivas y buscar lectores (¿o he dicho compradores?) a toda costa, el escritor contemporáneo se ve impulsado a aprender un arte para el que su oficio de artesano verbal puede no haberle capacitado: venderse a sí mismo. Así, si no llega a subirse a la obligada columna semanal en el diario de provincias o a perorar en la tertulia radiofónica sobre mil temas de actualidad, tendrá que dar la turra a amigos, familiares y conocidos para preparar sus propias presentaciones, hará lo propio con los periodistas para que le concedan un hueco, y, de un tiempo a esta parte, deberá también elaborar una vistosa página web, crear y mantener al día su blog, abrir un perfil en Facebook, en Twitter, en Tuenti, …, colgar sus vídeos autopromocionales en YouTube, etcétera. En definitiva, si el escritor de hoy quiere procurarse un espacio en el saturado mercado editorial, tiene que dedicarse diaria y profesionalmente a la autopromoción, a convencernos de su especificidad indispensable, a captar lectores como el político capta votos.
            Sin duda, si tal escritor no se dedica full time a su oficio –algo que, imagino, es cada vez más arriesgado– el tiempo de promoción que puede dedicar al día mermará sensiblemente el dedicado a escribir, o, peor aún, no le dejará apenas margen para la lectura, obligada carga de batería del buen autor. Y quizá corra el riesgo de que una polarización obsesiva en el yo como objetivo le consuma excesivas energías mentales, que nunca sobran. Por no hablar de la excesiva condescendencia que un escritor orientado al pueblo ha de mostrar con cada pelmazo que le interpele en su blog con mensajes plagados de anacolutos y faltas de ortografía. Supongo que muchos escritores-bloggers experimentarán la caída libre del alma a los pies cada vez que se pregunten si semejante analfabeto será el tipo de lector mayoritario para el que se ve condenado a escribir si quiere mantener sus índices de venta.
            En fin, nadie dijo que el camino del escritor era un lecho de rosas. Pero a veces me apena pensar hasta qué punto el talento se ve domeñado por la necesidad práctica. O considerar, parafraseando el dicho castizo, que una, además de “profesional”, tiene que poner la cama.

sábado, 11 de febrero de 2012

"HAY COSAS PEORES QUE LA LLUVIA" (EL RELATO)

Subtitulado "Memorias de un pedante de provincias", este relato que da título al libro es, sobre todo, un ejercicio de estilo.  Trata de un profesor de secundaria con quien no nos gustaría coincidir en un largo viaje, que rememora en una tarde de lluvia cómo conoció a su mujer, Clara (no tiene nada que ver con mi más reciente heroína, aunque me ha hecho plantearme por qué me llama tanto la atención el nombre). Está dedicado a Manuel Pérez Saiz, amigo, lingüista, y virtuoso en eso de hacer hablar a narradores pedantes y redichos.
Al repasarlo después de todos estos años, me ha dado la impresión de que no ha envejecido tan mal. ¿Veleidades progenitoriales [sic]?


HAY COSAS PEORES QUE LA LLUVIA
(MEMORIAS DE UN PEDANTE DE PROVINCIAS)



a Manuel Pérez Saiz,
il vero fabro





 Te lo digo como lo siento, imo pectore. Hay cosas muchísimo peores. Además, ya sabes, la lluvia te trae imágenes y tazas de poleo, el resignado sabor de la impotencia tras el cristal, la empapada conciencia de nuestra pequeñez. En concreto, me recuerda aquella tarde cuya remembranza no ha disminuido con la distancia diatópica, antes al contrario, se ha visto aumentada y fomentada considerablemente de la mano de la nostalgia y apoyada por el báculo del recuerdo imborrable de otros tiempos. Aquella tarde fulminante, drástica, inexorable, donde todo comenzó con una acumulación imperdonable de retrasos. Para que aprendas a ser diligente, Silvestre.

            La memoria de aquella tarde pluvial en que volvía del instituto tras una jornada intensiva de cuatro horas sin descanso, a más no poder, a menos no querer. No es que los otros trabajaran así, oye lo que te digo, es que yo era entonces el profesor modélico, el joven recién licenciado y aún más recién opositado que se entregaba a su trabajo y a sus alumno/as, ávidos/as de saber que no ocupa lugar, pudiendo yo considerarme entonces uno de aquellos seres humanos que se partían el pecho a diario con adolescentes precoces e hipodesarrollados.

            Tras el ineluctable proceso de adaptación a un terreno que era desconocido para mí en su práctica totalidad, me sorprendía desenvolviéndome incluso con cierta naturalidad no exenta de un toque no muy exagerado de elegancia pueblerina. Mis alumnos eran, en una palabra, la leche. Y yo era la cucharilla de miel que la complementaba vitamínicamente. Aunque, por supuesto, en tal preparado energético siempre se encontraban cuajarones de mediana estatura. Con mi tiza y mi pizarra, que eran la cucharita cafetera en todo aquel entramado, pretendía desasnarlos.

            Pero no es que la problemática adolescente quitara minutos a mi plácido sueño, no señor. Entiéndaseme. Recuerdo incluso la susodicha tarde en que fui retenido por varios factores fortuitos que me impidieron salir de mi emplazamiento laboral a la hora exacta acostumbrada. El primero de tales lo constituyó la pilóricamente-traída conversación con la directora, en la que me dijo ella con ese hilillo semineurótico de woman-al-borde-del-mental-breakdown (mi inglés no es perfecto, Silvestre), estresada por sus muchas ocupaciones caseras y de las otras, que no sabía ella dónde iban a ir a parar los jóvenes de hoy, que menuda falta de educación y de virtudes cívicas elementales, que qué modales, que cuántos días le quedaban para la jubilación, que a cuánto no estaba el kilo de patatas. Percibí que me estaba usando como desagüe salpicado con Vim Clorex Verde de sus más recientes frustraciones, y a pesar de mi evidente irritación ante una desacostumbrada demora de mi hora de salida, yo le asentía no sin una mueca de autocomplacencia en mis labios al comprobar cuán impávido me dejaba el susodicho tema de conversación que tanto enajenaba a mi bienamada directora.

TEXTO COMPLETO

RESEÑA DE "CLARA" EN "DIARIO CÓRDOBA"

Como hace mucho que no os doy la lata con reseñas de Clara, aquí pego copia de la última, aparecida hoy mismo en el "Diario Córdoba", firmada por Roberto Ruiz de Huydobro.


lunes, 6 de febrero de 2012

HAY COSAS PEORES QUE LA LLUVIA (III): "MÁS QUE MIL PALABRAS"

Un enigmático viajero se distrae de un tedioso vuelo leyendo una entrevista a un joven novelista de éxito. Con cada nueva declaración, el viajero parece identificarse más y más con el entrevistado.
¿Será verdad lo del refrán?


MÁS QUE MIL PALABRAS


            –No tengo tiempo de andar respondiendo a las envidias de la gente. Lo que deseo es la plena libertad creadora, escribir lo que me dé la gana.
            No está mal como encabezamiento. Impactante. Este escritor tiene appeal, no cabe duda.
            El avión de Iberia se suspendía sobre el nubarrón. Una plenitud azulada hería la vista al viajero, embebido en la magazine de viaje no removible (ratas, con lo caro que cuesta el billete). Despegó un segundo los ojos de la entrevista al joven escritor y se calzó las Ray Ban no sin antes atusarse un tanto el lacio cabello. Volvió a escudriñar el papel, que presidía la penetrante mirada del efebo triunfador, embutido en su cuidada estética generación-X.
            –El nombre no es auténtico, ¿verdad?
            –Bueno, es más auténtico que mi nombre de cartilla, si me entiendes lo que quiero decir. Es un resultado de la libertad, de autodefinirme desde mi propio yo creativo. Un autobautismo que arrasa con las restricciones previas, las expectativas paternalistas impuestas de antemano. Un renacer tipo Fénix, ¿entiendes? Es una rebeldía que impregna nuestro mundo y nuestro arte, y que requiere renombrar la realidad porque lo anterior, sencillamente, no nos vale. Así que, sin duda, Mat Cénit podría ser considerado más auténtico que José Flórez, porque es más propia y radicalmente mío, o mejor, más nuestro.
            –Mat, esta es tu tercera novela, has saboreado las mieles del triunfo desde los veinticinco, tus libros venden como rosquillas. ¿No te parece irónico que tus cuantiosos ingresos procedan de retratar la penuria vital, laboral, etc. de tu propia generación?
            –Creo que no es justo acusarme de aprovechado. Mis novelas son, sin lugar a dudas, útiles a mi gente. Creo que es esencial la concienciación de estar desterrados de la tierra prometida, de ser los unigénitos de unos padres vital y anímicamente castrados. Y, por tanto, nosotros hemos mamado aburrimiento. Hemos mamado la leche del hastío y el biberón del empalago... .

TEXTO COMPLETO