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domingo, 24 de febrero de 2013

LA VOCACIÓN DOCENTE



Sigo dominado por mis impulsos suicidas, pero en fin, lo prometido es deuda. He aquí la segunda entrega. No sé si me aburriré pronto...

Esta entrada es continuación de esta


LA MATER QUE NOS PARIÓ (II): REFLEXIONES SOBRE LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA

Para mí resulta evidente que la clave de la calidad de la educación estriba en la calidad del profesorado: en su preparación, su competencia, su capacidad pedagógica, su motivación y su esfuerzo. En una época en que “todo está en wikipedia”, pienso que sigue siendo fundamental la figura del profesor como guía, como estímulo intelectual, como un motor que consiga transmitir a los alumnos la curiosidad por aprender, que motive y oriente. Por supuesto, las antípodas del clásico dictador de apuntes que todos hemos conocido.
            Por tanto, si queremos conseguir una educación pública de calidad, debería cuidarse mucho, en primer lugar, el proceso de selección del profesorado, y, luego, su formación. Pero en esa selección inicial es curioso que apenas se valoren las aptitudes de las que hablamos. Imaginemos que para un puesto de socorrista de playa se presentan varios candidatos, y en el baremo cuentan diversos criterios (tamaño de los pectorales, tableta de abdominales, color de ojos, etc.) pero en ningún momento se les pregunta si saben nadar. Igualmente, es posible que una persona acceda a un puesto docente universitario sin que nadie haya valorado si le gusta enseñar o si tiene aptitudes para ello.
            De hecho (aunque yo no conozco a ninguno) se cuenta que hay profesores universitarios que detestan dar clase, aquello por lo que nos pagan, y procuran reducir su docencia en la medida de lo posible para dedicarse, en el mejor de los casos, a la investigación o a la gestión; en el peor, a actividades ajenas a lo académico.
            Esta inadecuación entre los requisitos de selección y la consiguiente dedicación laboral me parece un defecto general del acceso a la función pública en España. Por ejemplo, para el nombramiento de un juez, alguien que puede decidir si una persona será privada de libertad durante media vida o si unos padres perderán la patria potestad sobre sus hijos, parecería lógico que se valoraran condiciones como su ecuanimidad, equilibrio mental, sentido de la justicia, honradez, incorruptibilidad o imparcialidad. Sin embargo, la oposición de acceso valora principalmente su capacidad memorística, algo que no presupone necesariamente lo anterior (y así nos va, claro).
            En los niveles educativos de infantil, primaria y secundaria, este desequilibrio existe en cierta medida. La oposición, una vez más, valora sobre todo la capacidad de memorizar contenidos y de exponerlos correctamente, lo cual ya es algo, pero tampoco garantiza que el candidato reúna el perfil necesario para ser un buen educador, para tratar con niños. Una de las pruebas requiere una especie de simulacro de clase. Aunque tampoco garantiza mucho, al menos los examinadores pueden presenciar cómo se desenvuelve el candidato, pueden verle la cara y oírle hablar.
            Sin embargo, en la enseñanza universitaria española ni siquiera existe este tipo de prueba. Al menos, no es habitual. En las universidades anglosajonas, donde el objetivo es contratar al mejor en su campo, aunque sea desconocido, la entrevista es un elemento decisivo. Por el contrario, en muchas universidades españoles (como la mía) entrevistar a los candidatos a profesores va contra el reglamento. Así, es posible que apruebe un concurso de méritos alguien con muchos artículos publicados pero sin ninguna inclinación hacia la docencia de las materias para las que se le contrata.
            Con todo, no es precisamente el anonimato lo que caracteriza la selección en la universidad pública española. La endogamia es uno de los lastres más pesados que vienen arrastrando nuestras instituciones desde hace décadas. De hecho, los que conocen el mundillo conocen la importancia del proverbio: “El que no tiene padrino no se bautiza”. Creo que hemos mejorado algo en los últimos años, con los nuevos procesos de acreditaciones centralizadas. También tiene sus inconvenientes, pero al menos quien quiere que le “saquen su plaza” necesita demostrar su valía ante una comisión que no está, como antes, mayoritariamente a su favor. Con todo, nuestras universidades siguen cargando con ese lastre por el cual el candidato idóneo no suele ser el mejor, sino “el de confianza”. La independencia de criterio no es un buen requisito para ser un docente universitario con futuro, como veremos más adelante (espero).

sábado, 9 de febrero de 2013

LA MATER QUE NOS PARIÓ: REFLEXIONES SOBRE LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA

Según el más reciente Academic Ranking of World Universities, también conocido como Ranking de Shanghai, no hay ninguna universidad española entre las 200 mejores universidades del mundo. Una posible explicación (frívola) de esos resultados es que hay pocos españoles elaborando ese ránking. Pero puede haber otras. ¿Qué hacemos mal?

Me propongo dedicar algunas entradas próximas a reflexionar sobre cuestiones cercanas al mundo universitario español, que encabezaré así, LA MATER QUE NOS PARIÓ. No serán análisis exhaustivos ni profundos, más bien revoloteos impresionistas basados en el ámbito que yo más conozco, el de las humanidades. Espero que no me acarreen el despido o un mayor ostracismo o, lo que es peor, el aburrimiento.

Foto de publico.es
Para abrir boca, comenzaré citando de mi novela universitaria, Calle Menor (otro día debería hablar un poco de ella, o, más que de la novela, de su recepción). En sus páginas hay un catedrático de lengua, Domingo, que de vez en cuando profiere opiniones sobre el mundillo. Ni las comparto totalmente, ni sus ejemplos son literales, ni los personajes están basados en personas reales (ha habido lecturas "biografistas" que han querido encontrar compañeros parodiados en cada personaje, lo cual resulta desastroso en un ambiente pequeño, "menor").

Las opiniones eso son, pero algo de verdad pueden tener. Digo yo.




[Oria, la profesora novata de latín, conversa con Domingo, el jefe de su departamento]


              –[...] Tu currículum es tu vida. Supongo que ya sabes que nuestra profesión es la más egocéntrica que existe...
            –¿La más egocéntrica? No hablas en serio...
            -–Totalmente. Un profesor de universidad se pasa la vida haciendo cosas para ponerlas debajo de su nombre. Que si artículos, monografías, ponencias, conferencias, estancias en el extranjero, organización de congresos, etcétera etcétera. Cada chorradica que uno hace se puede incluir en el currículum. Hay incluso quien maquilla los gastos de sus vacaciones por el extranjero para que le cuenten como estancias de investigación. ¿Y todo para qué? Para engrosar currículum. Lo importante es tener páginas y más páginas bajo tu nombre. Egocentrismo puro y duro profesionalizado. A ver, un albañil que levanta un tabique no escribe su nombre en cada uno de los ladrillos, o un médico no va por ahí firmando en la tripa de los pacientes que cura, ¿verdad? Un profesor universitario, sí. Cada pequeña cosa que hace lleva su nombre indeleble, y contribuye a engrosar el autofichero que cada uno llevamos. Busque y compare, ¿hay profesión más egocéntrica?
            –Pues, la verdad, nunca me lo había planteado así...
            –En fin, así es como están las cosas, y no lo hemos inventado ni tú ni yo. Igual que un músico ha de tener buen oído o un dentista tener habilidad manual, un académico debe tener el don del egocentrismo.
             Después, tras detenerse en una página y levantar la cabeza con el ceño fruncido, añadió:
           –De todos modos, a propósito de este tema, no siempre el currículum te saca las castañas del fuego. Mira, ayer mismo un amigo de otra universidad cercana me contó los resultados de una oposición a titularidad de universidad, en el área de historia medieval. Se presentaban varios candidatos, y dos “de la casa”. Uno, que llamaré Calixto, tiene apenas treinta años y ya ha publicado cuatro libros de monografías en editoriales buenas, un par de biografías, incluso otro par de poemarios y unos cien artículos, algunos en Alemania y Norteamérica. Llevaba cinco años de docencia en esa universidad como asociado, y tenía los mejores resultados en las encuestas de los alumnos. El otro candidato local, que llamaré Melibeo, entrado de rebote en la universidad para hacer sustituciones, que debía de tener tres o cuatro artículos publicados y una tesis infumable, aborrecido por los alumnos y temido por las alumnas de buen ver, tenía amigos en las alturas fruto de su antiguo cargo político. Pues, bien, se celebra la oposición, y ¿quién crees que la saca? Efectivamente. Y el pobre de Calixto se ha tenido que ir a la calle. Ahí tienes, el currículum no lo es todo en la vida. Hazte amigos, Oria, hazte amigos con las riquezas injustas.
            –Me dejas de piedra, Domingo.
            –Ya te acostumbrarás a oír historias de estas. Yo ya he oído muchas. Creo que fue Dámaso Alonso quien dijo que nadie conoce del todo la maldad del corazón humano hasta que no trabaja en la universidad. En fin, supongo que en todas partes cuecen habas, pero en la universidad la mala leche de unos contra otros es más sibilina, está revestida de intelectualidad y de eminencia. En el ejemplo que te he puesto, seguro que los cinco altos catedráticos de universidad que componen el tribunal son capaces de tirarse varias horas de verborrea justificando una decisión injustificable. Todo con tal de no reconocer el amiguismo, enchufismo, nepotismo… o, si me apuras, cipotismo. Je. En fin, Oria, que así es la vida.

(Calle Menor, p. 158-9)

viernes, 1 de febrero de 2013