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domingo, 26 de enero de 2014

TIENE UN TESORO


 Os copio uno de mis últimos microrrelatos. Como dirán mis críticos más perceptivos, "un bello canto a la amistad".


TIENE UN TESORO

Todo empezó por un rayón.
            Era lo que siempre había temido. Cada vez que aparcaba en batería me asaltaban los más ominosos temores de que la típica acompañante desaprensiva saliera del asiento del copiloto del coche recién aparcado a mi lado, y arremetiera sin cuidado contra la carrocería de mi flamante Mercedes clase A, 200 CDI.
            Pero esta vez la temida escena se produjo ante mi vista, ante mis propias narices. Así que me abalancé contra la susodicha y dejé que me llevaran los demonios.
             –¿Es que quieres que demos parte por esa chuminada? –dijo el chulo del marido, o lo que fuera–. Vamos, hombre, no me jodas.
            Tal desfachatez fue la gota que colmó el vaso, y a partir de este punto mis demonios transportistas me inspiraron las mejores lindezas de mi repertorio barriobajero, predicadas, por turnos, de la copilota, de su marido (o lo que fuera) y de la descarriada madre de cada uno de ellos.
            Como era de esperar, los ánimos se encendieron, y la cosa devino bronca, la bronca devino manos, las manos devinieron puños, y al final se montó un festival de huesos rotos, dientes, sangre, cristales y abolladuras. Acabamos, claro, en comisaría, hechos unos zorros, afrontando diversas denuncias por faltas, por lesiones, por daños, por injurias, por alteración del orden público, además de la desalentadora perspectiva de cuantiosos gastos y molestias por inminentes sesiones de rehabilitación y varias de odontología avanzada.
            Entonces, cuando nos tomaron los datos, caí en la cuenta.
            Ya sabía yo que me sonaba la cara del chulo del marido (o lo que fuera). Y me sonaba porque, desde hacía más de una año, era amigo mío. Amigo en Facebook.

domingo, 19 de enero de 2014

EL DOCENTE COMO BURÓCRATA


LA MATER QUE NOS PARIÓ (IV): REFLEXIONES SOBRE LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA
 
EL DOCENTE COMO BURÓCRATA
Así como casi todos tuvimos en la universidad ese profesor que no debía haber estado allí (ver Mater III), también sin duda conocimos a esa otra figura profesoral carismática que nos dejó huella. Esa persona sabia, crítica, con una visión muy personal de las cosas pero irrefutablemente honesta, quizá tendente a divagar y a largas digresiones, que acaso no acababa nunca el temario previsto, pero con quien aprendimos mucho de la materia, y quizá más de la vida. Pues bien, a veces me pregunto si ahora ese profesor (o profesora) carismático no será una especie en extinción. O, en otras palabras, si podrá la singularidad, aunque sea genial, sobrevivir en el hábitat progresivamente burocratizado de la universidad pública española.
 
Desde hace unos años las diversas instancias educativas nos imponen a los profesores más dedicación, no solo a la docencia, sino al papeleo. Ministerios, consejerías, vicerrectorados, facultades, departamentos, comisiones varias, etc. nos encargan periódicamente memorias, fichas de asignaturas, programas de asignaturas, cronología de asignaturas, periodizaciones, competencias formativas, informes, evaluaciones, autoevaluaciones, y un sinfín de trámites aburridos de dudosa eficacia para mejorar la calidad docente. Por ejemplo, ahora por cada asignatura que impartes tienes que entregar tres o cuatro documentos, uno de los cuales especifica la materia impartida y la metodología semana a semana. Si, como consecuencia de una preparación continua, decido incorporar una nueva actividad o un documental recién encontrado, estaré incumpliendo el cronograma. Otro de tales documentos exige especificar el número de horas de trabajo personal que el alumnado dedicará a tu asignatura. Y aunque la mayoría de mis alumnos sabe que han venido a la universidad a trabajar, siempre te encuentras algunos que se quejan porque les parece mucho leer tres novelas en cuatro meses, pues excede de su tiempo previsto. “Es que leemos despacio”, argumentan.

En general, detecto una cierta desconfianza institucional que lleva a controlar la libertad de cátedra, de la que antaño tanto se gloriaba el profesorado universitario. Desde hace poco pende sobre nuestras cabezas una amenaza ominosa para quien no entregue en plazo la enésima ficha de competencias autoformativas integradas: “Si no entregas X a tiempo, la Aneca te va a penalizar.” Es como el temido carbón que nos traerían los Reyes Magos, pero mucho peor.

Una medida que acaso contribuye a esta debilitación de la autonomía docente es la evaluación del profesorado por parte de los alumnos. Al acabar cada semestre académico, los profesores tenemos que pasarles un cuestionario anónimo, y ellos nos evalúan de 0 a 5 contestando a preguntas como: “¿Ha conseguido motivarme con la asignatura?”, o “¿Sabe de lo que habla?” (o algo parecido). La idea no es mala, y supongo que la mayoría de los estudiantes intenta contestar con la mejor voluntad. El problema está en que el docente, que ya se ha incorporado al mundo de la burocracia sin tener necesariamente aptitudes para ello, se ve también lanzado al campo de la (mini)política, a labrarse la popularidad. Porque, si bien hace unos años tal evaluación del profesorado era meramente orientativa, ahora tiene una clara incidencia en el historial laboral profesional. Y si hay algo que mis compañeros no quieren es meterse en líos. La trayectoria académica ya está de por sí bastante achuchada como para que se te manche tu historial a lo tonto. Muchos se ganarán una buena valoración a golpe de competencia, trabajo bien hecho y seriedad. Pero otros quizá se sientan tentados por el demonio de lo fácil, que les susurra al oído: “¿Para qué complicarte? Abre la mano y serás el más guay”.

Algunos se quejan de que el carácter anónimo de esta evaluación propicia que puedan darse casos de alumnos (muy pocos, espero) que se escuden en el anonimato para ajustar cuentas. Un profesor que exija con rigor sabe que, tarde o temprano, aunque sea como un reloj suizo, alguien le va a puntuar bajo en asistencia o en puntualidad. Gracias al Cielo, aún no se dan en la universidad las escenas de palizas a profesores que se oyen de los institutos, así que, por supuesto, es preferible esta forma más civilizada de desquitarse de la autoridad.

El lado bueno es que el Profesor-Hueso, el MasCa o similares también se ve abocado a desaparecer. Un cañero crónico sabe que las evaluaciones de los sufridos alumnos le van a hacer la vida imposible. Pero, además de que saber tratar con tiranillos es parte de la sabiduría de la vida, y que nos prepara para el mundo laboral, quizá lo que se gana con la desaparición del Hueso es menos de lo que se pierde con la burocratización del carisma docente.