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domingo, 16 de agosto de 2015

RECAUDAR PARA EL HAMPA

 
Esta mañana casi me corto mientras me afeitaba escuchando las noticias, cuando a mis oídos llegó el testimonio de un hombre que organizaba una actividad benéfica “para recaudar fondos para el Hampa”. Cielo santo, pensé, ya se están quitando las máscaras. Pero pronto me di cuenta de que se refería al AMPA, o asociación de Madres y Padres de Alumnos de un centro educativo.
 
           Ya hace algunos años que el uso del idioma español se ha rebelado contra la norma de que el masculino plural incluye el femenino. Apelaciones a “los  vascos y las vascas” características del lehendakari Ibarretxe hace pocos años, son ahora comunes –variando el gentilicio, claro– en boca de todo/a presidente/a autonómico/a que no sea de la vieja guardia pepera (especie en extinción). Por extensión, similares desdoblamientos se oyen a todo/a orador/a político/a, vecinal, académico/a, escolar, etc. que no quiera ser tildado/a, siquiera tácitamente, de incorrecto/a.
            Si no conviene ser inmovilista en general, mucho menos en lo lingüístico, pues lo propio del lenguaje es que evolucione en boca de los hablantes y las hablantes. Pero tampoco convendría desdeñar, a la hora de plantear supuestas mejoras, los planos de la estética y de la economía verbal. En ocasiones como la del AMPA, la noble pretensión de alcanzar un lenguaje no sexista sacrifica las implicaciones semánticas del acrónimo. Además, cuando un mecanismo resulta muy torpe, es normal que propicie incoherencias, traicionando los propios principios que lo motivan. En este mismo ejemplo, ¿por qué se ha añadido la M al tradicional APA, pero no se añade otra A para desdoblar “alumnos y alumnas” (o viceversa)?
Veámoslo con otro ejemplo más extremo. En un colegio antiguo podríamos ver un aviso de este tipo:
Los alumnos cuyos padres quieran solicitar entrevista con el tutor encargado deberán entregar al profesor un impreso firmado por sus padres…

Ahora, una versión inclusiva que fuera coherente debería desdoblarlo en todas sus variantes posibles:

Las alumnas y los alumnos cuya madre y cuyo padre, o cuya madre sola (en caso de hogar monoparental), o cuyo padre solo (en caso de hogar monoparental), o cuyas madre y madre, o cuyos padre y padre, o cuyo padre y cuyas madres, o cuya madre y cuyos padres, o cuya tutora legal, o cuyo tutor legal, quieran solicitar entrevista con la tutora encargada o con el tutor encargado de clase, deberán entregar a la profesora o al profesor un impreso firmado por su madre y padre, o madre sola (en caso de hogar monoparental), o padre solo (en caso de hogar monoparental), o madre y madre, o padre y padre, o madres y padre, o padres y madre, o tutora legal, o tutor legal…

            En fin, no parece fácil diseñar un lenguaje coherentemente inclusivo que a la vez sea ágil y económico. No sé si sería pecar de inmodestia concluir que, hasta la fecha, la mejor propuesta que conozco es la que se contiene en mi novela Solo yo me salvo, donde se esboza un modelo de diccionario avanzado. ¿Lo sería? Ups, pues ya lo he dicho.

Profesores sin vacaciones


LA MATER QUE NOS PARIÓ (V): PROFESORES SIN VACACIONES
Hace más de un año publiqué una serie de entradas encabezadas por “La mater que nos parió: reflexiones sobre la universidad española”, en las que ofrezco una visión un tanto crítica de la actualidad de la profesión docente. Sin que pretenda retractarme de lo escrito, los cierto es que –como adivina mi puñado de lectores– mis talentos son más satíricos que románticos, y la sátira siempre conlleva exageración y simplificación. Sería erróneo, sin embargo colegir de esos escritos una minusvaloración de los méritos de un gran porcentaje de mis colegas en esa gran empresa que es la universidad pública.
         Por eso, ahora que me hallo a punto de tomar unas (merecidas) vacaciones, quiero hacer un reconocimiento a ese profesor universitario, nada infrecuente, que se lleva la maleta de libros a su destino, o a su casa, o que sencillamente, pudiendo, no coge vacaciones. El día en que se cierran los edificios y las facultades interrumpen clases y exámenes, ya está pensando en los manuales y artículos de su disciplina que leerá estos días de verano, los ensayos, tesis y trabajos de grado que supervisará y corregirá, el capítulo de su libro que escribirá, o la ponencia que perfilará para un inminente congreso.
         Pienso en ese profesor de mi universidad que pasó cada día del verano de 2014 en su Escuela para terminar un importante proyecto, mientras su familia veraneaba en la playa, y acaso sus vecinos de portal ya desde finales de mayo le preguntaban al cruzarse con él: “¿Qué, ya de vacaciones?
         No es este un caso aislado ni anecdótico. Al contrario, creo que son muchos los colegas que viven con esa entrega permanente a su labor. Los motivos pueden ser más o menos encomiables, bien porque les apasiona lo que hacen, o porque sienten el aliento de las agencias evaluadoras en su nuca. Pero sea por uno u otro motivo, creo que es justo reconocer la entrega, el entusiasmo y la disponibilidad de horario y calendario de este tipo de profesor, que contradice el estereotipo funcionarial.
         Es, sin duda, un modelo de profesional que yo siempre querré imitar cuando sea mayor.