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domingo, 29 de enero de 2017

Héroes y villanos de la política



En los tebeos clásicos de superhéroes, suelen ser los medios de comunicación los que bautizan al supervillano de turno, inventando un alias que cuajará definitivamente en las mentes de los atribulados ciudadanos. En la vida real pasa algo parecido con los políticos: los medios aún conservan el poder (¿o será superpoder?) de colgar un sambenito al personaje, héroe o malvado, que quizá no se descuelgue nunca, y de moldear así la reacción de la opinión pública sobre lo que este representa.
            Tenemos ejemplos recientes. Hace ocho años la opinión pública saludaba la llegada de Barack Obama como el hombre que iba a salvar el mundo civilizado. Hoy, al cabo de este tiempo, hemos comprobado que salvar el mundo no es tarea fácil, ni siquiera cerrar una cárcel okupa y represora como la de Guantánamo. Por contraste, del mismo punto nos llega ahora el supervillano más reciente y letal, dispuesto a provocar una cadena de catástrofes con sus tentáculos capitalistas, y del que se puede afirmar, como me decía un alumno, que “no le conozco pero ya le odio”.

            Sin embargo, quienes se encargan de bautizar a los héroes y villanos no aplican la simetría política de modo estricto. Así, mientras que en toda aparición en prensa del premier húngaro Víctor Orgban, o del líder austriaco Norbert Hofer, o del holandés Geert Wilders, el reportero se encarga de recordarnos que son nefandos ultraderechistas, los políticos de extrema izquierda nunca resultan ser ultraizquierdistas (¿ha oído alguien esta expresión en la prensa?), sino antisistema o anticapitalistas, etiquetas mucho más heroicas y que cualquiera de los que no estamos forrados de capital podríamos reivindicar. Del mismo modo, el llorado Fidel Castro, dictador que empobreció Cuba al tiempo que amasó una fortuna de 900 millones de dólares, que implantó un sistema antidemocrático represor de las libertades y lo perpetuó en su familia, apenas ha sido catalogado como tal en los recientes obituarios, sino más bien como líder de la Revolución.
            Pero incluso en los pequeños detalles los medios siguen condicionando nuestra respuesta al personaje. Fijémonos en la crisis interna de Podemos, partido anticapitalista donde los haya. Pues bien, de cara al desarrollo de la contienda entre los dos frentes abiertos, los medios toman partido de modo sutil desde el momento en que acuñan un adjetivo para los seguidores de un candidato basado en el apellido de este, mientras que los partidarios del otro se derivan de su nombre de pila, lo que sin duda aporta una mayor cercanía. Así, en vez de “Errejonistas” y “Pablistas”, lo simétrico sería denominar a los partidarios del secretario general “Iglesistas”. O mejor, Eclesiásticos, ¿o no?

domingo, 15 de enero de 2017

Adiós a La bolsa de Pipas



Reproduzco el editorial aparecido en el número 39 de la revista literaria Fábula, para aquellos de vosotros que aún no seais sus lectores/ suscriptores. Como es obvio, lo que se dice de la revista que se despide se puede aplicar a otras...
 

ADIÓS A LA BOLSA DE PIPAS

“Hasta aquí la historia de una publicación que nació con vocación de pistacho asomando por la entrepierna de una musa”. Con estas palabras se despedía recientemente una de las revistas literarias independientes más emblemáticas del panorama hispano, La bolsa de pipas, después de ciento tres números y veintidós años de singladura. Su director, Román Piña Valls, le echa la culpa, si no al boggie, a “un gintonic que (l)e dieron este verano en una piscina”, a haber cumplido los cincuenta, o a ambas cosas.
            Desde que conozco La bolsa de pipas he sentido una especial hermandad entre ella y Fábula, y creo que en alguna medida era un sentimiento recíproco. Supongo que nos reconocíamos como últimos mohicanos de una tribu en extinción, caracterizada entre otros rasgos por una querencia sentimental por el papel, la independencia respecto a los circuitos comerciales, políticos, ideológicos o tribales, y la apertura a cualquiera que nos demostrara un mínimo de calidad en el arte de juntar palabras.
            “Las revistas literarias no venden”, me declaró hace no mucho un librero al que quise arrancar una colaboración. Ya lo sabía, nuestros veinte años largos de trayectoria me lo habían enseñado. El mercado editorial se apoya en el nombre –nombre que se crea, se infla o se destruye a partir de una trayectoria, pero también en campañas, en apoyo mediático, en farándula– y unas revistas como las nuestras presentan habitualmente unos índices de autores que nada aportan a Balcells S.L. u otras agencias literarias de postín.
Además, nuestros limitadísimos canales de distribución no pueden competir con la difusión –si bien indiscriminada– que se puede alcanzar por internet. Si nuestras revistas existen para dar voz a autores desconocidos, a menudo estos prefieren abrir sus propios blogs y difundir sus creaciones por el ciberespacio. La necesidad crea el medio, y no es infrecuente que un autor que busca lectores compagine la autopublicación virtual con el envío indiscriminado de los mismos escritos a publicaciones que acepten originales, desoyendo a veces la mínima condición de ser inéditos que les exigimos.
            También, supongo, es posible que La bolsa de pipas se cansara de no ser noticia. Aunque cada nuevo número suponga para sus creadores un parto feliz, no está exento de dolores de ídem. Sin embargo, la prensa cultural no vibra demasiado en esta onda, y suele dedicar, en el mejor de los casos, unas breves líneas a cada alumbramiento, cuando no el más absoluto vacío.
            En la autopublicidad de Fábula tratamos de resumir el concepto de público ideal al que nos dirigimos: “escritores que leen, lectores que escriben”. Pero lo cierto es que no todos los escritores leen, o al menos no a los de su segmento de popularidad; y que los lectores suelen preferir nombres más sonoros, más previsibles (también en el mejor de los sentidos), o material menos heterogéneo o del que tengan información previa.
             Con todo, una revista como las nuestras aún puede llegar a ser la bendita hoja de Forrest Gump, que vuela mecida por el viento hasta caer en las manos adecuadas. Así, siguen sucediendo milagritos como el de ese lector norteamericano que se siente tocado por unos versos de Fábula 37 y nos pide permiso para traducirlos ante el mundo de habla inglesa. Como buen ser vivo, una revista es imprevisible. No sé sabe dónde puede acabar y el efecto revitalizante que puede tener para un individuo o una colectividad.
            Pero esto es (no lo olvidemos) un réquiem en memoria de una revista hermana. También como buen ser vivo, tras el nacimiento, crecimiento y eventual reproducción, una revista muere. “No olviden echarnos de menos”, pide Román Piña al final de su despedida. Y creeme, amigo Román, que desde aquí ya lo hacemos.

lunes, 9 de enero de 2017

¡Feliz normalidad!



Si estás leyendo estas líneas es prueba irrefutable de que has sobrevivido a las Navidades 2016-17, lo cual, si eres padre o madre de niños pequeños, o tienes una cuadrilla de amigos excesivamente hedonista, tiene un mérito notable. Así que vayan por delante mis felicitaciones por volver más o menos ilesos al tiempo ordinario.
            No se me malinterprete. Me encantan las celebraciones navideñas, y ha sido grato celebrar el dosmilésimo vigésimo primer (según los cálculos más probables) cumpleaños litúrgico de Jesús. Pero también es obvio que en nuestra sociedad la vivencia de este aniversario se ha difuminado hasta justificar todo tipo de excesos, desde los consumistas hasta los etílicos y pantagruélicos, sin olvidar tampoco los sentimentales.
by CVF
            De estos últimos excesos menores querría tratar. En el entorno del 25-D todos nos solemos enternecer y desear mucha más paz y benevolencia de lo acostumbrado, e incluso nos acordamos de amigos y conocidos que tenemos un poco descuidados. Y, para compensar este olvido, recurrimos a la felicitación navideña. Antaño, al menos, nos gastábamos las pesetas en comprar un sobre y sello, y una más o menos lujosa tarjeta a todo color, con belenes o con abetos (si no queríamos significarnos demasiado), tras lo cual nos molestábamos en escribir unas cuantas fórmulas clásicas a mano, y nos dábamos el paseo hasta el buzón de correos más cercano. No es que fuera mucho como compensación, pero era algo.
            Hogaño, sin embargo, recurrimos a la tecnología para que este sentimentalismo de temporada sea aún más fácil y descomprometido. Se empieza mandando una impersonal circular por email, acaso acompañada de una estampa navideña que compense las antiguas postales, y se acaba wassapeando a la lista colectiva de direcciones un parco "Feliz Año Nuevo", o reenviando el último chiste gráfico recibido.
           Tal trivialización del parabién es acaso coherente con la trivialización de la festividad. Y es que en algunos casos el amigo o vecino bienintencionado que te dice “Si no te veo, feliz Navidad” en realidad no pretende ir más allá de desearte que no te empaches mucho con la comilona de esta noche, o que si bebes no te la pegues en la carretera.
           En fin, vuelvo al comienzo. Si es verdad que el pasado y el futuro no existen, y solo tenemos entre manos el ahora, os deseo a quienes me leéis un feliz momento presente, que se prolongue infinitamente a lo largo de este año. Y, si cabe, más allá.

viernes, 6 de enero de 2017

Evelyn Waugh: Epifanía en Dubrovnik, 1945

El comenzar el año 1945, Evelyn Waugh se encontraba en Dubrovnik, su último destino militar durante la Segunda Guerra Mundial. Su nuevo cometido era servir de oficial de enlace entre el contingente británico que permanecía en la ciudad y las autoridades partisanas, y se encargaba de procurar alojamiento y atención de atender las reclamaciones de ambas partes. A lo largo de los dos meses que permaneció allí recibió numerosas visitas de personas desplazadas solicitando acogida, repatriación o simplemente necesidades básicas de supervivencia.
 
En esta época de intensa desilusión con el desarrollo de la guerra, Waugh empezó a dar vueltas a uno de los temas dominantes en su ficción de los años 50, ilustrado en su novela histórica ("up to a point")  Helena y en la trilogía militar conocida como Espada de honor: la vocación insustituible de cada persona, que se concreta en el desempeño de pequeños actos de servicio a los más cercanos que sólo cada individuo puede realizar.

En este sentido es destacable una bella anotación de diario en la fiesta de la Epifanía, del 6 de enero de 1945, que cinco años más tarde reutilizaría en Helena, y que reproduzco aquí para felicitar a mis lectores en esta fiesta tan especial.
Nunca antes había considerado la especificidad de la Epifanía como la fiesta de los artistas: doce días tarde, después de san José y los ángeles y los pastores e incluso de la mula y el buey, llega la exótica caravana con sus pajes negros y plumas de avestruz, llevada allí por la erudición y la especulación; han tenido un largo viaje por el desierto, los espléndidos regalos se han estropeado en el viaje y ya no tienen el esplendor de cuando se empaquetaron en Babilonia; han cometido los errores más desastrosos –incluso preguntaron el camino a Herodes y provocaron la masacre de los Inocentes– pero al final consiguen llegar a Belén y sus regalos son aceptados, regalos proféticos que se abren camino en el lenguaje de la Iglesia en muchos lugares. Es una alegoría muy completa. (The Diaries of Evelyn Waugh, p. 606)