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domingo, 19 de febrero de 2017

Editores que no liquidan



EDITORES QUE NO LIQUIDAN

No todos los lectores son conscientes de que el señor o señora que posa en la solapa de su libro con ademán interesante, que ha llevado el relato o el poemario en sus entrañas hasta que ha sido capaz de plasmarlo por escrito, y que después ha luchado para que esa edición viera la luz, recibirá, en el mejor de los casos, un diez por ciento de la venta. El noventa restante se distribuye entre editor, distribuidor y librería según los porcentajes acordados, salvo en casos como las ferias de libros, las presentaciones o la venta a instituciones, en los que el editor puede prescindir de los otros dos intermediarios.
          Pues bien, aunque el porcentaje de ganancia del escritor parece ínfimo, como diría el capitán de mi mili con su característico ceceo: “Por mala que cea, cualquier cituación ez zuceptible de empeorar”. Sí, existen editores que le escatiman ese mínimo al autor. No sé si son muchos o pocos comparativamente dentro del panorama general, pero los que hay resultan demasiados.
          La relación entre autor y editor es bastante peculiar: así como el segundo arriesga su inversión confiando en el éxito del primero, el autor al final tiene que fiarse de su editor de cara a los resultados. Por ejemplo, el autor nunca sabe con certeza si la tirada de su libro es de dos mil ejemplares, como figura en su contrato, o de doscientos, pues nunca llegará a verlos. Se tiene que fiar. Tampoco sabe con certeza el número de ejemplares vendidos, pues de nuevo los resultados se los aporta su editor, que es juez y parte en el proceso.
          Hasta aquí no veo grandes inconvenientes. La fe (llámese confianza) está en la base de toda relación humana. Pero si encima el editor escatima al pobre autor el magro porcentaje que le corresponde, calculado según su propia estimación unilateral de ventas, entonces el desprecio resulta colosal. Y, aunque medie un contrato que regule la obligatoriedad de la liquidación anual, este tipo de editor tramposo sabe que tiene la sartén por el mango. No suele hacer esto con autores populares, pues además de sacarle el vientre de mal año, suelen contar con agentes que velan por el cobro puntual de los derechos (su diez por ciento del diez por ciento depende de esto). Pero los autores de pequeña y mediana popularidad son mucho más vulnerables, por sus mucho más discretas cotas de venta.
          Pongamos un ejemplo numérico. Un escritor consigue que se vendan mil ejemplares de una novela que se comercializa a 20 €, por lo que le corresponden 2.000 €. No es como para vivir de ello, es cierto, pero tampoco es un logro despreciable, y nadie duda de que se lo ha ganado. Pues bien, un editor pícaro sabe que, si se lo reclama judicialmente, el interesado va a tener que costear abogado, procurador, tasas, y, en su caso, desplazarse a la ciudad donde se litigue, que no suele ser la de residencia. En principio, no parece un negocio prometedor. Pero si, a pesar de todo, el autor prosigue con su empeño y llega a juicio, le resultará casi imposible aportar ante el tribunal otros datos de venta diferentes de los que aporte el editor, y una sentencia desfavorable está casi garantizada.
          En lo que respecta a mi propia experiencia, sin duda la editorial más fiable con la que he trabajado es Ediciones Cátedra, que anualmente envía el detalle de ventas y la propuesta de liquidación. Por el lado contrario destaca Sial Ediciones (ahora Sial Pigmalión) dirigida por Basilio Rodríguez Cañada, que, en los trece años transcurridos desde que publiqué mi novela primeriza Calle Menor, nunca me ha enviado una sola liquidación, a pesar de haber agotado la tirada.
Estas cosas deberían saberse. Igual que hay registros de empresas morosas publicados por diversas entidades públicas y privadas, convendría que las guías, páginas web o portales que asesoran a escritores elaboraran una lista similar de editores que no liquidan. Al menos el autor que publicara con ellos quedaría advertido de antemano.

domingo, 12 de febrero de 2017

Editores que no contestan


Inicio hoy un breve tríptico dedicado a los editores literarios, esas personas imprescindibles para que perviva el amor por el libro y la lectura. Le seguirán "Editores que no liquidan" y "Editores que no promueven"
    
EDITORES QUE NO CONTESTAN

Estimado/a amigo/a:

Le agradecemos el envío del manuscrito de su novela XXX, que en su momento remitimos al departamento de lectura para su consideración. Una vez recibidos los informes pertinentes, lamentamos comunicarle que su obra no tiene cabida en nuestra línea editorial, por lo que nos resulta imposible asumir su publicación en un futuro cercano.

A pesar de lo dicho, queremos manifestar que su texto presenta virtudes innegables, y esperamos que encuentre acogida en otra editorial de su agrado.

Sin otro particular, reciba un atento saludo,



¿Cuánto se puede tardar en copiar y pegar este texto estándar en la contestación al mensaje inicial del incauto autor recibido por la editorial? ¿Dos o tres segundos? Ni siquiera es estrictamente necesario copiar el nombre del interlocutor o el título de la novela en ciernes. Pongamos otro segundo para presionar la tecla de envío, y uno más para descansar del esfuerzo. Sumatorio de lo que costaría a un editor comportarse con cortesía hacia un aspirante a autor de su benemérita editorial: cinco segundos.
Pero, ¿es habitual que el benemérito editor, el mecenas de la literatura con mayúsculas, el descubridor de talentos ocultos, el idealista buscador de tesoros, el quijote de la edición española (u otros epítetos con que le defina su redactor cultural favorito) dedique esos cinco segundos a mostrar cortesía? En la actualidad, la respuesta es, casi siempre, NO.
A pesar de que los nuevos procedimientos de envío telemático han aligerado notablemente el engorro de llenar las oficinas editoriales con palimpsestos indeseados, lo cierto es que antes, en la época de las cartas y paquetes, los editores contestaban. Ahora, los que dedican esos cinco segundos a hacerlo se cuentan con los dedos de un muñón.
El ejemplo arriba transcrito puede implicar una cierta mentirijilla piadosa, y, por supuesto caben otras variantes más crudas que dejen claro que “ni nos interesa ni se nos pasa por la cabeza perder el tiempo en leer su estúpido manuscrito, pedazo de mamón”. Pero, sea en la modalidad diplomática o la descarnada, el autor al menos se merece una respuesta. Sobre todo si es neófito nos lo podemos imaginar volcando ilusión a raudales en su ópera prima, que le ha robado miles de horas de sueño, trabajo, diversión, etcétera, y a continuación poniendo su esperanza y su futuro en manos de un editor que le merece confianza, a quien, si actúa con honestidad, le está ofreciendo en exclusiva su obra durante unos meses.
Pero el editor no tiene tiempo, tiene otras ocupaciones más absorbentes o mejor remuneradas, y el aspirante para él es tan solo una molesta mancha en su carpeta de entrada. Sí que tendrá ese segundo para borrarle, pero no los otros tres o cuatro para cortar o pegar un mensaje de cortés negativa.

Y así, el aspirante seguirá aspirando indefinidamente, hasta que al cabo de medio año empiece a entender que la omisión es la respuesta. O quizá sea tan pardillo que conceda una prórroga contra toda esperanza, para apurar sus posibilidades de publicar en esa editorial que tanto admira antes de plantearse apuntar más abajo. Y ya, pasados nueve meses y consumado el aborto por omisión, nuestro aspirante se dirigirá a otra editorial de las que no cuelgan el “No se admiten originales no solicitados” (con estas ni se atreve a plantearlo), y volverá a teclear con acaso menos ilusión, casi un año más viejo, que la vez anterior: “Estimado Sr. o Sra: Quisiera ofrecerle mi manuscrito titulado…”
En fin, si después de leer estas líneas algún editor-que-no-contesta quiere aprovechar el texto de inicio para convertirse en editor-que-sí-contesta, se lo cedo gratuitamente. Lo puede copiar y pegar en tres segundos, y no hace falta ni que me cite.
              
              

domingo, 5 de febrero de 2017

Doctores en humanidad

Uno de mis últimos microrrelatos, de ámbito académico (más o menos). Iba a decir que está sacado de la realidad. Pero mentiría....



DOCTORES EN HUMANIDAD

–Si hay algún doctor presente en la sala…
          No, no se trataba de ninguna urgencia médica, sino de la habitual interpelación del presidente del tribunal (que ahora se llama “comisión”) a los asistentes al acto de defensa de tesis doctoral, que servía como colofón después de tres largas horas de doctos discursos. Todo había transcurrido por los cauces ordinarios, teniendo en cuenta que esta no era una defensa ordinaria. El candidato, Bongani N’debele, había pasado cinco años en la prestigiosa universidad española becado por el Instituto de Promoción Africana, pero su quinquenio distaba mucho de haber sido académico. En los últimos meses, sin embargo, N’debele se había repuesto un poco del desenfrenado modus vivendi del universitario occidental y se había aplicado al concienzudo plagio y refrito de artículos que fueron ulteriormente reciclados en forma de tesis doctoral. Su director, que ahora se sentaba tras los familiares de N’debele, procedentes de la aldea sudafricana perdida entre los montes de Lebombo, no había sido demasiado exigente. Este año estaba a punto de solicitar su cuarto sexenio y necesitaba otra tesis para engrosar su ya brillante currículum y sumar un par de artículos más.
Sabía que entre los componentes del tribunal no habría ninguna zancadilla. En efecto, los cinco miembros se las habían arreglado para enhebrar un comentario erudito e incluso elogioso de una tesis que sabían inmeritoria. Por eso, cuando el director oyó la interpelación a los doctores de la sala, se levantó confiado y no tuvo reparo en exaltar generosamente las dudosas virtudes del trabajo de su doctorando, que versaba sobre tres oscuros poetas sudafricanos. Los familiares no entendían castellano, pero un becario del Instituto de Promoción Africana les servía de intérprete fragmentario, y con cada segmento de traducción provocaba revuelos de entusiasmo entre los miembros del clan, ataviados con sus coloridas túnicas.
–Pues si hay algún otro doctor que desee hablar… –exclamó el presidente, al tiempo que una idea graciosa le cruzó la mente. El presidente era un crack. En su turno de disertación había leído un discurso brillantísimo que sobrevolaba el aquí y ahora de la tesis y se elevaba hasta cuestiones filosóficas, hermeneúticas, étnicas y antropológicas que delataban una vasta erudición. En definitiva, su intervención había sido todo un prodigio del arte comentarístico. Tanto que había usado el mismo texto en alguna que otra tesis anterior, sin siquiera molestarse en actualizar los nombres propios en el documento informático. De hecho, donde antaño habían figurado autores tibetanos, nativoamericanos o esquimales, ahora estaban escritos a mano los nombres de los tres poetas sudafricanos sin que nadie se hubiera siquiera apercibido. En fin, el catedrático-presidente era un crack, y se le ocurrió una sutil ironía en este momento. Dirigiéndose al intérprete, le conminó a traducir a los familiares su exhortación:
–Si hay algún otro doctor en la sala que quiera decir algo…
El interpelado le contempló con inicial estupor. Era lo más cercano a un hablante de zulú que el Instituto había conseguido, y para él la tarea suponía un grato cambio respecto a sus forzadas labores habituales, a sus fotocopias y a sus cafés. Dudó unos instantes, pero luego se las arregló para encontrar las frases equivalentes. Los allegados de N’debele le escucharon con atención reverencial.
De pronto, uno de ellos se alzó, acaso el más anciano del grupo, ataviado con abalorios, plumas y collares. Se incorporó y con voz potente prorrumpió en un discurso solemne e histriónico, acompañado de lenguaje corporal acelerado y en ocasiones convulso. El intérprete intentó seguirle, pero pronto se dio por vencido y se limitó a embeberse de su vehemencia. Al cabo de un rato el anciano empezó a cantar un himno suntuoso con muchos agudos y a moverse al compás. Los miembros del tribunal no habían visto nada igual.
Solo después de pasados unos veinte minutos, y viendo que el orador parecía encontrarle gusto al ejercicio de la palabra, hablada y salmodiada, el intérprete empezó a plantearse si habría hecho lo correcto.
Quizá “doctor” no fuera exactamente lo mismo que “sangoma” en la lengua de los Ngunis.