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domingo, 23 de abril de 2017

Ab renuntio

Espero que hayáis pasado/ estéis pasando un buen Día del Libro 2017. He de confesar que no soy muy proclive a esta celebración. Lo recuerdo como un día en que muchos aficionados a las letras se ponen de acuerdo para contraprogramar actos de desigual interés por toda la ciudad. Algunos de estos, como la lectura del Quijote ininterrumpida, solo pueden haber procedido de una mente diabólica. Por suerte, este año cae en domingo.

Para conmemorarlo a mi manera reproduzco uno de los poemas más petulantes de Nada personal. Si alguien cree que me paso, que recuerde con Pessoa que el poeta finge mucho. A algo, por lo menos.





AB RENUNTIO

Artistas del halago y de los cursos de verano,
expertos en todo que animáis los centenarios,
amiguetes del difunto que posáis conmocionados
y aportáis el panegírico afligido,
promotores de cultura que os sentáis al frente
cuando tal banquero presenta un poemario,
rapsodas invitados a tartamudear pasajes
somnolientos del Quijote cada veintitrés de abril,
informadores que declaráis proscrito
a quien no os quiere relamer la pluma,
jurados de medallas y laureles
que seguís el evangelio solo en eso
de hacer amigos entre las riquezas,
clanes, sectas, mafias y familias
que juzgáis como talento el compadreo.
Todos vosotros que, en fin, hacéis cultura con mayúsculas:
            hace ya bastante tiempo
            que no me felicitáis el Año Nuevo.





sábado, 15 de abril de 2017

EL CRISTO DE VILLAR



No hace mucho un amigo jesuita me preguntó si había escrito poesía religiosa, y le mandé lo más parecido que tenía, es decir, este antiguo poema, dudoso candidato. En fin, lo cuelgo antes de que acabe la Semana Santa, para que la ambientación no decaiga.


EL CRISTO DE VILLAR


Sí, Dios mío, Tú, el de la cruz,
contigo quiero yo charlar un rato,
vengo a distraerte de tu angustia agonizante,
de tu muñeca desangrante desgarrada,
de la carne descosida que han grapado en el madero,
vengo a aburrirte con mis ñoños pasatiempos
y te digo que aunque llevo nosecuantos
años repitiendo que te amo
el verte así me causa poco más que un cosquilleo.
Contigo quiero yo charlar un rato,
perdona que, como siempre, escogiera un mal momento
lo siento, querría haberte visto antes, verte en el huerto quizá
pero se me hizo tarde
--llegué, claro, tarde--,
todo el mundo se había ido, me dijeron
que estarías en alguna parte, que te buscara, a ver qué tal.
Pues bien, te he encontrado, y aunque supongo que estarás incómodo ahí arriba
quiero que me dediques unos minutos
a mí, a mí mismo, conmigo...
          Me has dado casi todo, Dios mío,
no me puedo quejar. Y si me quejo
no tengo más que abrir el periódico, que
absorber el telediario, que salir a la calle, que
desatascar los oídos...
Me has dado casi todo. Y sin embargo
ese casi me taladra la columna vertebral
y me desata las cien voces que me ululan al unísono
y no sé y no sé y no sé y no sé
          Perdona que te diga esto ahora, en este mal momento
es que no pude encontrar otro mejor, y el caso
es que no me debería quejar, pero esas voces
no se ausentan, y no sé cuál es la tuya
cuál es la mía, cuál es la de ella, cuál
la del otro, todas son refutables
todas son inconclusas, todas inseguras.
          Ya veo que estás cansado --lo dicen los regueros
escarlata que te cruzan por la frente-- mas ya acabo.
Sólo quería pedirte, Dios mío, que si es posible
me desconectes la cabeza por un tiempo
sí, que no piense, que no recuerde, que no imagine, que no
prevea
que sólo me preocupe de la sal en los garbanzos,
de estar vivo en la alborada, de estar vivo al acostarme
del trajín incuestionable de contar las estaciones.
Que, si es posible, me vuelva toro, o pato,
o jilguero, o alubia
sólo por un tiempo, a ver que tal resulta.

          Y eso era todo, mi Dios, ya te dejo,
--no sé lo que querrán estos soldados que se acercan
cargados de sarcasmo y armados con vinagre--
recuerda lo que he dicho, ¿eh? No te me olvides. Buena suerte,
me voy
que con esto de que empieza a lloviznar
no quisiera yo embarrarme los zapatos.



domingo, 9 de abril de 2017

Carmelo Cunchillos Jaime

Hoy se cumplen siete años de la muerte de mi querido compañero y amigo Carmelo Cunchillos Jaime, catedrático de literatura inglesa de la Universidad de La Rioja. Me he acordado del obituario que escribí en su momento para el diario La Rioja y me apetece reproducirlo aquí. 
Que en paz descanses, Carmelo.


EL PRIMER RIOJANO QUE ME INVITÓ A CENAR



Hay personas que dejan huella indeleble en su paso por nuestra vida. Son acaso las personas de las que merece la pena hablar, aunque sea así, in memoriam. A diferencia de ese personaje de El gran Gatsby que afirmaba que sólo compensa rendir tributo a los vivos, a mí me cuesta alabar a los que lo merecen en su presencia. Así que sirvan estas líneas como modesto tributo de cariño y agradecimiento al que fue mi compañero y amigo, Carmelo Cunchillos Jaime, que nos dejó el viernes 9 abril, tras luchar durante años contra una larga enfermedad.

Le conocí en octubre de 1994, poco después de llegar yo a la joven Universidad de La Rioja. Me acerqué a saludarle en su despacho, y a los pocos minutos ya me había invitado a cenar a su casa: “Tienes que empezar a acostumbrarte a la hospitalidad riojana”, me dijo. A partir de entonces, con el desarrollo del trato y la amistad, comprendí que esa actitud de acogida, generosidad, y confianza era la esencia del alma de Carmelo. En nuestros años juntos en el Departamento de Filologías Modernas pude confirmar ésas y otras muchas virtudes: una firme laboriosidad, que mientras le acompañó la salud le hacía llegar muy temprano a la facultad, fines de semana incluidos, muchas horas antes del comienzo de sus clases; un don especial para hacerse querer por los alumnos; una vasta cultura, que se movía con soltura tanto entre autores ingleses como en el ámbito enológico, o musical, o botánico, o agrónomo…; su respeto hacia los que teníamos posturas ideológicas, políticas o religiosas diferentes; su enorme afabilidad, que a golpe de esa carcajada explosiva podía romper cualquier tensión. En un entorno tan competitivo como el de la universidad española, donde las fricciones no son infrecuentes, con su hombría de bien Carmelo instauraba la armonía y la cohesión, convirtiéndose para muchos en una especie de padrazo del departamento.
No quisiera dejar pasar una virtud aparentemente menor, pero que adornaba mucho esa naturaleza buena de Carmelo: sus dotes de narrador oral. Ayudado por su memoria de elefante, Carmelo podía sacar el máximo jugo narrativo a las situaciones y personas conocidas en su variada vida, desgranando unas anécdotas suculentas que animaban cualquier sobremesa. Recuerdo haberle visto en cenas de filólogos departir con los más exquisitos eruditos europeos, para acto seguido cambiar de registro y contar los chistes más desternillantes con su vozarrón de Louis Armstrong calagurritano.
Los últimos años de Carmelo han sido extremadamente difíciles, de lucha contra un cáncer cada vez más invasivo. Aunque no conozco su trance interior en esas circunstancias, me atrevo a asegurar que una luz cierta en tamaña oscuridad habrá sido el consuelo de sentirse tan querido, de comprobar que los afectos de ese corazón inmenso encontraban eco en multitud de amigos. Caminar unos metros con Carmelo significaba pararse a saludar a decenas de personas, gentes a las que, era patente, quería y le querían. Y, por encima de todo, ha experimentado el amor incondicional de su esposa Carmen, la más fiel compañera en la salud y en la enfermedad.
Es la primera vez que escribo un obituario (y supongo que será una de las pocas), pero me mueve el deseo de poner en palabras lo que tantos compañeros podrían corroborar. Creo y espero que alguien con un corazón tan grande esté ahora con el Amor, aunque lo llamemos de formas distintas. Porque, para concluir a lo Machado, a nadie cabe duda de que Carmelo ha sido un hombre, en el mejor sentido de la palabra, bueno.
 

domingo, 2 de abril de 2017

Un simple argumento contra el ateísmo



Imaginemos que alguien nos preguntara:

¿Existe alguna persona en el mundo que se llame Sinforoso Ahmed Wang O’Connell?

La mayoría contestaría: “No lo sé, no lo conozco.”
Quizá alguno diría: “Sí, un gran tipo. Un poco reservado, quizá.”
Un increyente afirmaría: “No, no existe. ¿Por qué? Porque nunca me he topado con nadie que se llame así.”

Las respuestas aceptables serían la primera y la segunda (suponiendo que fuera sincera, claro). La tercera no tiene fundamento, salvo que el entrevistado tuviera acceso al censo de todos y cada uno de los más de 7.000.000.000 habitantes del planeta. Y, aún así, no podría descartar que Sinforoso Ahmed Wang O’Connell acabara de nacer en algún rincón ignoto.

Igualmente, para ser ateo, creo yo, hay que hacer un contundente e injustificado acto de cerrazón a la trascendencia, al mundo de lo espiritual, del que sabemos tan poco. Si no conocemos lo que hay más allá de los límites del universo, ¿cómo podemos negar que exista una presencia al otro lado de esta oscura orilla?

Soy consciente de que este ejemplo es demasiado simple y que sirve más para justificar el agnosticismo que la creencia en un ser divino. Pero puede valer para ilustrar que en ciertas cuestiones es más coherente la afirmación o la duda que la negación. Y, en mi opinión, al ateo contumaz no le vendría mal fomentar una sana incertidumbre que le acerque a la duda. 

Por algo se empieza.