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domingo, 25 de marzo de 2018

Confesiones de un autor en postparto (II)

Hace unas semanas reconocía en este blog mi estado de complicaciones postparturientas como resultado de haber dado a luz una nueva novela. Por si alguien se quedó preocupado, estoy bien, gracias. Creo que sobreviviré. Confirmo haber padecido esta curiosa enfermedad anímica, pero con menos virulencia que antaño. Igual estoy madurando…
Pero, ¿se ha curado por completo?, me preguntaréis. No, todavía no. Y la responsabilidad paternal que siento hacia mi neonata criatura (que el moralista de pacotilla aludido seguirá llamando “ego”) me sigue empujando a promoverla por mi cuenta, y esto no contribuye mucho a la completa curación.
He conocido a escritores –acaso más jóvenes y/o más profesionalizados– que disfrutaban con la campaña de promoción que sigue al alumbramiento, con las entrevistas y las presentaciones. Yo cada vez menos. Y en ocasiones me pesan más los sinsabores que las alegrías recibidas, aunque estas tengan más entidad.
Por ejemplo, hasta la fecha he organizado cuatro presentaciones, dos en Logroño, una en Santander y otra en Madrid. En todas he seguido un formato similar: una conversación distendida con una persona amiga y excelente lectora, sin preparación previa al acto, como fluyera. En todas nos lo hemos pasado muy bien, y creo que los asistentes también. Además, he recibido el calor de personas, algunas apenas conocidas, que han recorrido varios kilómetros en una tarde de lluvia y frío invernales (factor común de mis cuatro encuentros) para hacerme compañía. Otra fuente de alegrías ha sido (está siendo) la reacción entusiasta de quienes han leído la novela y me comunican con sincero convencimiento que les ha encantado. Sin duda hay mucha verdad en el título del último editorial de Fábula, firmado por Eugenio Sáenz de Santamaría: “Yo escribía para que me quisieran”. Para mí, la acogida de los lectores es lo mejor, sin duda, que me ha sucedido en mi trayectoria de escritor.
Con Rubén Abella en Madrid, 28 febrero 2018. Foto: Rosa Jiménez

Pero ya digo, el humor post-parto a veces engrandece más los (minúsculos) sinsabores, como toparme por enésima vez con el muro de opacidad informativa. Así, ningún periódico nacional en su sección de cultura o suplemento de libros se ha dignado dedicarle una línea a este libro, ganador de un premio de cierta entidad. Y tampoco me cuadran las reglas de tres. Si esta novela no es diez veces peor que la de X o la de Y (en ocasiones mi orgullo paterno me susurra que ni siquiera una vez), ¿por qué la de X o la de Y tiene dos trillones de veces (cifra no simbólica, calculada según los últimos métodos estadísticos) más de visibilidad? O ya a otro nivel más local, ¿por qué ninguna radio de La Rioja me ha llamado para dedicarme dos minutos de sus espacios culturales?
En estos casos noto mucho la ausencia de un editor que allane el camino promocional. He de aclarar que no tengo queja del sello cántabro Estvdio, que ha cumplido con profesionalidad la parte que le correspondía como responsable de la publicación de la novela ganadora, y acaso más. Pero las circunstancias no permiten que mi editor se dedique también a promover fuera de sus librerías de Cantabria.
            En fin, estas susceptibilidades pueden sonar un pelín amargas, pero os aseguro que no me afectan en demasía. También os confieso que me ha alegrado la vida el reciente reconocimiento del Ateneo Riojano. Mi novela ha quedado incluida entre las finalistas de la modalidad de narrativa del concurso del Día del Libro, que se fallará el 27 de abril. Lo digo por si alguien le quiere poner una vela a Santa Zita (que no es la que da y no quita…) Nunca vendrá mal.

domingo, 18 de marzo de 2018

CONTRATAR PROFESORADO



Hay ocasiones en las que no se pone solución a un problema porque, sencillamente, no se plantea como tal. Hacerlo así conllevaría admitir presupuestos incómodos o de difícil encaje. Se podrían poner varios ejemplos de esto, pero mencionaré uno que he presenciado esta semana.
En el pasado he expuesto en este foro los que juzgo posibles defectos en el engranaje de las universidades públicas españolas. Aunque quizá me llegue a arrepentir de mi vehemencia cuando sea mayor (si es que llego), declaro que mis críticas pasadas provinieron de un genuino deseo de que el sistema público de educación funcione y llegue a ser un referente,
            Creo que la clave del éxito de una empresa –quizá todavía más la pública– radica en una competente selección de personal, y de que este cumpla las expectativas sobre su valía y capacidad de trabajo. Es cierto que en los últimos años se han dado pasos para mejorar la transparencia y la igualdad de oportunidades en la contratación pública de profesorado universitario. Pero todavía pesan ciertos lastres; por ejemplo, la conveniencia de que el candidato acuda a la convocatoria bien asesorado y guiado por un padrino (o madrina) influyente.
            La comisión que juzga los méritos suele estar formada por tres miembros, y se puede dar el caso de que el profesor que ejerce de guía académico (director de tesis, de grupo de investigación, etc.) de algún candidato se halle entre los tres jueces, y como tal especifique el baremo según el que se valorarán los méritos de los participantes en el proceso y luego proceda a su aplicación.
            Pues bien, siempre me ha parecido una medida elemental de transparencia que, al igual que se recusa a un miembro de la comisión si es consorte, amante, amigo o enemigo manifiesto etc. de alguno de los participantes, se hiciera lo mismo con el director de tesis o de grupo. Con frecuencia hay un elemento de elección personalizada que puede llevar de modo natural a la parcialidad.
Recientemente he tenido ocasión de plantear esta objeción en una reunión para perfilar la normativa de una oferta pública de empleo próxima. Pero mi propuesta no salió adelante, ni siquiera recibió apoyos. La ley que contempla los motivos de incompatibilidad no entiende que una relación académica pueda propiciar un juicio parcial y requiera recusación.
Entiendo estos motivos, pero mi espíritu insatisfecho recuerda a ese puñado de personas brillantísimas que han pasado ante mi vista a través de los años, aquellas que no fueron seleccionadas en sucesivos concursos de méritos porque los baremos no les resultaron favorables. Todas habrían prestado servicios valiosísimos a la universidad pública española y habrían subido el listón. Pero se cansaron de tropezar y darse de bruces contra el sistema.
Donde quiera que estéis, os recuerdo. Ya sabéis quienes sois.

domingo, 11 de marzo de 2018

¿IGUALDAD O PARIDAD?



Todavía nos dura la resaca de las movilizaciones feministas del 8 de marzo, un “día histórico”, un “antes y un después”, como proclaman sus heraldos por doquier. Ciertamente hay que felicitar a quien haya estado detrás de esta iniciativa, a la eminencia gris (imagino que un ente más influyente que el movimiento “#Me Too”) por haber conseguido esta participación masiva. Y aunque ha sido una convocatoria internacional, hay que felicitar especialmente a las/los activistas españolas/es por el elevado índice de seguimiento, sin que lo empañe la consideración de que en España no nos cuesta tanto salir a la calle.

          No encuentro objeciones a los fines de la movilización, al menos tal como se presentan en la superficie. ¿Qué persona de bien no quiere que se elimine la discriminación, la brecha salarial, o que cese el maltrato a mujeres? Y estoy seguro de que los cientos de miles de manifestantes que salieron a la calle son personas de bien.
Pero a veces me da por sospechar que no todo es tan transparente o solidario en este asunto, y me entran miedos de que nos estén dando gato por liebre. Por ejemplo, desconfío de la letra pequeña que se incluye en las reinvindicaciones de algunas entidades organizadoras. Luchar por la igualdad de la mujer no va necesariamente en el mismo pack que proclamar el aborto como derecho universal, o manifestar reprobación pública a la Iglesia Católica. El feminismo es una ideología, no un dogma universal, y como tal tiene muchos puntos debatibles, y, lo que es más importante, tiene muchas derivaciones doctrinales que hacen que no exista un solo feminismo, sino muchos. Y algunas de sus variantes más radicales promulgan un credo de odio que, si acaba imponiéndose, perjudicará gravemente sobre todo a las mujeres.
Tampoco me suele agradar que los creadores de opinión pública me impongan cuáles son los problemas que me tienen que preocupar en cada momento, al tiempo que nadie habla de cuestiones que de verdad son alarmantes. Ahora, de súbito, la brecha salarial ha irrumpido en la primera línea de nuestros quebraderos de cabeza nacionales. Y, como amenaza en ciernes, se empieza a popularizar un discurso que, más allá de proponer la necesaria concienciación ciudadana, justifica las multas y sanciones a las empresas que no acaten la paridad.
Relacionado con esto, sigo pensando que forzar la paridad mediante medidas coercitivas, además de otras problematicas, supone un grado máximo de condescendencia con las mujeres, en el fondo muy contradictorio con el fin perseguido. Si en igualdad de condiciones, o incluso en inferioridad, se contrata a una mujer por el hecho de serlo, se está cayendo en un acto de paternalismo bastante machista, aunque se disfrace de feminismo. Cuánto mejor para la autoestima de una mujer es que conquiste su puesto de responsabilidad a base de formación, mérito y trabajo. Así siempre sabrá que lo ha ganado por sí misma.
Entiendo que la raíz de la brecha salarial es que las mujeres ocupan menos puestos de responsabilidad a día de hoy, y por tanto están peor remuneradas. Pero el proceso de superar esto ya está en marcha y es imparable. El futuro es de las mujeres sin necesidad de que se les hagan hoy concesiones paternalistas. Propongo un símil de deporte escolar, imperfecto como todos los símiles. Si juega al baloncesto un equipo de jugadores de doce años contra otro de quince, sabemos quién va a ganar hoy. Pero dentro de tres años los primeros habrán crecido tanto o más que los segundos, y ya podrán enfrentarse en igualdad. ¿Hay que cambiar las reglas para que ganen hoy los de doce, o esperar a que sepan ganar por sí mismos?

domingo, 4 de marzo de 2018

MESAS REDONDAS DISTÓPICAS



El martes 27 de febrero participé en una mesa redonda de escritores en el ”Congreso Internacional de Narrativas Distópicas: De 1984 a Los juegos del hambre”, organizado por la Universidad San Pablo CEU en Madrid. Tuve el privilegio de compartir la mesa con dos escritores de primera fila, José María Merino y Lorenzo Silva. Conocía bien a ambos, no solo como lector sino también como anfitrión. Ambos vinieron a Logroño en dos ocasiones cada uno para presentar diferentes números de Fábula, y en otras de sus muchas charlas en nuestra tierra acudí como oyente y me sumé a los respectivos comités de acompañamiento por los bares de la calle Laurel.
          De nuevo comprobé que ambos escritores son además excelentes oradores (lo segundo no está garantizado por lo primero), y sin duda su pericia oratoria se ha visto acrisolada por sus incontables participaciones como ponentes en miles de foros. Así, mientras yo llevaba seis o siete folios con anotaciones sobre el pasado y presente de las narrativas distópicas, Merino desdobló una cuartilla que apenas necesitó, y Silva irrumpió en la sala con una mano en el bolsillo y otra sujetando el chorreante paraguas (en los dos días que pasé en Madrid llovió más que en todo el año).
  
Foto: C. Prendes
       
El debate pronto se despegó de la ficción y derivó hacia el carácter distópico de nuestro presente actual: los desplazados por las guerras, el calentamiento global, la basura marina y espacial, los manejos de los grandes grupos económicos... En más de una ocasión intenté regresar a la narrativa distópica, pero no tuve mucho éxito. Mucho menos puede hablar umbralmente de mi libro Solo yo me salvo, un ejemplo de distopía y, creo, la principal razón por la que había sido invitado a este foro. Pero pronto descarté la posibilidad; no venía a cuento (nunca mejor dicho).
          Pero en fin, el mundo está mal, señor Macario, y quizá resulte superfluo imaginar un mañana agorero, pues, como diría Radio Futura, ”el futuro ya está aquí”. Las nuevas tecnologías también salieron a colación como fuentes de inquietud. Lorenzo Silva, en concreto, confesó en público las razones que le han llevado a prescindir del Twitter a raíz de las incontrolables impertinencias o groserías de algunos interlocutores (algo que me recordó un tema de mi última novela, por cierto).
          En fin, el tiempo voló durante dos horas. No arreglamos el mundo, claro, pero lo intentamos. Merino y Silva se despidieron con premura –uno, al menos, a escribir su próxima ficción–, y pronto me quedé solo en el patio de la facultad con el paraguas y los zapatos mojados. Imagino que este encuentro será para ellos uno más entre miles que han protagonizado, y quizá ya lo hayan incluso olvidado. Yo, sin embargo, no me olvidaré tan pronto. No siempre tiene uno ocasión de compartir mesa con dos eminentes escritores. Aunque, si bien es verdad, ni siquiera en los tiempos del rey Arturo las mesas redondas eran completamente igualitarias.